Improvisación sobre el beso

El poeta sabe, afirma que sabe. Un poema no vacila, no piensa que podría ser; dice cómo son las cosas. Y por eso yo soy Dios. Y también podrías serlo tú.

Intrínseco amanecer bajo la sábana blanca del octavo escalón de la escalera que desconozco. Beso. El labio se acerca al otro labio, hubo un roce perdido, censurado por mi párpado inconveniente. Cuando miré, ya estaban hechos, los dos. Yo no supe, no vi, no alcancé a aprehender sus caricias. Vi, y cuando vi ellos se habían besado, estaban besándose, y fue hermoso. El labio de él alcanzaba al labio suyo, ella se dejaba atrapar. Tres dedos suyos prensaban la nuca de él, él la tenía de la cintura. Mi voz quedó atrapada en el embotellamiento de la garganta –siempre, acostumbrado, desde las 6 de la mañana. Las pestañas de él, no sé si eran de ella. Desconocí por completo el límite, allá, lejos donde estaban los dos; indistinguí el inicio de uno. En mi iris parados –yo sin comprender, por supuesto- estaba Dios risueño.

Zigzagueó, mientras, aquello, por la convexa confección de mi glóbulo ocular, se asomó, y dio un brinco fuera. Yo no quise, no me entró en gana prestarle atención. Y bajó por la mejilla mía mientras los miraba. Andaba riéndose, creo haberlo oído, al escabullirse hacia abajo. Pude haberlo seguido fácilmente, a pie, sobre mi superficie. Pero cómo prestarle atención a su óvalo acuoso, cuando en mi aliento no salía logos exacto para explicar aquel beso –ni para explicar un beso, apenas sé qué es eso. Sobre la tierra había un pedregal tormentoso, el fugitivo sí que pudo percibir incauto el pasar de las asperezas enclaustradas. Entendía que habría un término, que andaría de vago por no más de diez segundos. Después se descompondría, irremediablemente. Y su cuerpo desmenuzado regaría el suelo donde estaría yo sentado: contemplativo.

Mi boca estaba abierta. Aquel beso todavía me perturba; si está ello yo no tengo poder cognoscitivo. Retumbaría todavía en los balcones tallados dentro de mi cráneo, cada vez más fuerte, el tacto de uno y otro, y esa divinidad que me falta tanto por ser capaz de concebir en palabra propia. Surgía un ethnos divergente de todos sus labios. La sombra salía por entre los pequeños pozos que vengo cargando, y en lugar de eso estaba la Luz. En el momento vago en que leí sobre el relámpago, tal vez brilló un chispazo de conciencia dentro mío, entre la cóncava materia dentro del hueco frontal. Las crías del beso salían disparadas, disipadas con toda facilidad hacia los rincones más recónditos del infinito. El Universo estaba plagado ahora de ellos dos, o más seguramente, de algo que ninguno de los dos había sido nunca, antes del tacto súbito.

Viéndolos, me percaté de mí mismo; de que había sido, hasta ahora, demasiado endemoniadamente hermético. Sentía un hedor brotarme de las manos. Me repugné de descubrirme tan medido, tan atado del cuello a algún árbol o una piedra grande en el jardín de mi prosa destilada. Entre la asfixia del collar y el espanto disgustado, me subieron hasta la garganta unas ganas de escupir por todos lados un pedazo bueno de poesía improvisada. Fue viéndolos, arrebatarse uno a otro el aliento compartido. Fue viéndolos amarse, y verse, y descubrirse entre olas grandes y pozos profundos, que desbaraté todos los trozos de aquella escalera disyuntiva.

Vi una grande conglomeración de objetos ininteligibles, y ahí entre toda la masa de cosas que desconozco, distinguí un rostro intercalado. No sé a ciencia cierta dónde, pero sé que estaba; ahí en algún lugar donde la Luz sí toca aunque los ojos no me alcancen para atraparla –como cuando quiero escribir y sé que hubo poesía, aunque se me haya quedado la hoja bien en blanco. Sólo una vez abrazado del instante dadivo, sólo entonces pude reconocer que dentro de mí algo se movía; no como se ha dicho muchas veces, pero que realmente, diferente al movimiento cósmico y estelar, había un algo que no sabía que de verdad se movía. Fuera de toda pretensión: Luz. Entra por mis dedos, ¡iba a entrar hasta por debajo de mis uñas! Y por el ombligo. Por donde hubiera una entrada, por los poros de mis costados, y de mis muslos rancios, y de la parte trasera de mi cuello entorpecido. Hasta que comprendiera, de una vez por todas, que hay un fin en la potencia divina que paseaba recostada adentro de mí; mucho más adentro de lo que jamás me había atrevido a imaginarme –después, todavía, de las vísceras y de la sombra.

Como la lágrima, sentí descomponerme en el empedrado. Un rasgueo apasionado de guitarras españolas fue escribiendo sobre mí la poesía que ya no me sabía, que ya se me había olvidado. Quise descubrir la fórmula de un buen poema: Los buenos poemas iban a descubrirme adentro de los labios de ella (o los labios de ella iban a descubrirme dentro de un buen poema). A lo mejor un poeta no es poeta, sin el rigor divino de un labio femenino que nos pula las asperezas de los versos que uno escribe. Tal vez. Quizás, después de dos, de tres rasgueos de las guitarras, sí descubriera los milagros que había detrás del beso ese -que es eso. ¿Qué es eso?

Beso; lo ello: Y fui parido por mí mismo.

Decir que un científico juega a ser Dios, es sugerir, en primera instancia, que Dios está hecho a base de carbón. No, no lo está. La Luz pudo haberme penetrado los rincones de la pupila, pero no me habría dejado nunca, ni un poco, el sabor carbonizado. Pude haberme dado cuenta antes, pero no quise, que esa Luz de la que hablaba, estaba ahí, en él y en ella; y después, cuando entendiera más las cosas, que también estaba en mí.

Ocaso de las 5:50


Océano-contemplativa mirada que atraviesa una única gota intermitente en el patio frontal. Horizonte-contemplativa en versos de canción poética del artista contemporáneo sonorizado. Trasfondo caótico-inquisitivo del rasgueo de una pluma de tinta transparente que se embarca a través de una hoja casi en blanco.

Mirada a gota, gota a rasgueo, rasgueo a prosa, prosa a sueño. Sueño a despertar lírico-espiral.



Él miró por la ventana. Manos enfundadas en los bolsillos, atravesaba el cristal de la ventana del séptimo piso del bloque de departamentos del sur de la Metrópoli. Atrás de sí, sobre el escritorio madérico, reposaban sin aire, exhaustas y enloquecidas, las hojas de papel sobre las que recién había escrito su último poema. Regio, las había penetrado repetidas interminables veces con su estilógrafo. Sudaban poesía, la exhalaban mientras deseaban recuperar el aire que les robó de la boca en besos apasionados. Sonriente y satisfecho repasaba con la memoria la compenetración de los pezones de su poema y su boca tíntica-territorial. Se supo poeta; porque así como hacer el amor es un arte, el arte es hacer el amor.

Entonces, click. Cruzada la tercera línea meridional.

Perezoso, regresó a su silla acolchada. Se sentía cansado. La pesadez resultaba, irónico, demasiado pesada para llevarla de sombrero. Se rascó la nuca. Contempló de nuevo sus hojas: ya recuperaban el aliento y lo miraban sensuales; él las encontró tristes. Ahora, su pluma: dispuesta, esperaba a su mano derecha, todavía media llena de tinta. También se veía cansada. Suspiró. Se rascó la nuca otra vez, y repasó su escritorio con la mirada. Algunos folders, allá en la esquina, estaban desaliñados (seguro llevaban varios días sin darse un baño). El vaso de plástico estaba vacío, tirado por allí, deprimido. Otras hojas, algunas garabateadas, se sentían pícaras; eran nada menos que desagradables. Una, incluso, estaba gorda. Resopló. Recorrió otra vez el escritorio con la mirada, y todo seguía exactamente igual. Tercer rascada en la nuca. El ocaso entraba a la habitación a través de las persianas, y esta se veía sepia. Abrió el primer cajón del lado izquierdo, sacó un cigarro de apatía y lo fumó.

No tenía inspiración para otra ronda de sexo desenfrenado con el estupor de su poesía. Cinco bocanadas y una tos corta y seca después, sus párpados le comenzaron a pesar. Sonrió ligeramente ante el hecho de acordarse que acababa de sonreír satisfecho. Las arrugas en su cara se hicieron notar un poco más con la luz de la apatía quemada en la punta del cigarrillo. Hacía tiempo que no fumaba. Sintió la boca ligeramente seca, pero el vaso de plástico seguía ahí, ocioso y vacío. Juntó las suficientes energías para alzar el brazo hasta donde el bolígrafo y tomarlo entre sus dedos. Lo sintió pesado, un poco. Garabateó algo en la hoja más próxima, con muy pocas ganas. Cursiva: algo sobre soles, o la vida, no sé; terminaba con una espiral. Luego dejó caer la pluma. Mientras tanto, sobre sí, en la superficie de la lámpara del techo, El ojo abrió su gran párpado.

¿No es demasiado temprano para ser tan tarde? Él sabía que El ojo no venía sólo de visita. Cuando su enorme pupila se fijó sobre él, los músculos de las manos se le tensionaron, dejando caer el cigarro sobre el escritorio. Antes de tocar madera firme se descompuso, y el humo apático salió flotando por la ventana entreabierta a contra esquina de la habitación. Pasó saliva. Intentó ser inaudible, pero El ojo lo miraría perenne, firme y fijo. El silencio que acostumbra llenar los espacios vacíos entre las conversaciones duró ahora apenas una fracción de segundo, pero fue bastante para que la mano izquierda comenzase a temblar en la espera de una respuesta más reconfortante. No fue así. Finalmente, El ojo le dijo que no.



Breve descripción del tercer cuadro, de izquierda a derecha, colgado en el pasillo principal de La casa azul: Es óleo. Muestra una escena de una cena familiar en la terraza de una cabaña anaranjada. Pinos alrededor, y al fondo, un volcán nevado. Tres o cuatro bebés mugrosos gatean por el piso, bien empolvado, y uno juega con un cuchillo de cocina. Todos a los pies entaconados de sus madres: señoras muy arregladas, con abrigos frondosos y vestidos finos casuales, que sonríen y cuchichean lo que será muy probablemente el chisme vanguardista sobre la hermana dentro de la cabaña; a su vez que acarician y consienten, respectivamente en sus manos, a chihuahuas, schnauzers, y french poodles bien engalanados en suéteres bordados.



Seis golpeteos en la ventana del departamento, y uno último más sutil y sencillo; luego silencio. Era el asomo de una lluviecilla inoportuna que se había adelantado unos cuantos minutos, pero rectificó. Él titubeó. Preguntaría, si hubiera algo oportuno por preguntar. Como no lo había, o no se le ocurrió en el momento preciso, mejor calló. Sus hombros comenzaban a rendir cuentas de los años, por primera vez, y su espalda le sugería recostarse por vez última antes de partir. No había tiempo para tales caprichos, y esperó que El ojo hablara de nuevo. Por un momento, pensó en casa. Donde fuesen su cuna el jardín de mamá, y jugar con el perro del vecino el ocio más productivo que llegó a producir jamás, la nostalgia tenía la infortunada costumbre de recordarle que ya no volvería. Lo hizo de nuevo. Antes de adentrarse más en las faldas de su madre, ya ida hace tanto tiempo, El ojo interrumpió. ¿Dónde dejaste a María?

Ella, desde luego, no era de dejarse en algún lugar. No era como si pudiera; aunque ganas no faltaron nunca. A veces se la guardaba en el bolsillo del corazón, y a veces la metía en el portafolio del trabajo (tenía su lugar reservado entre las crónicas de su niñez tardía y un cuentito de un marionetista que no conseguía que el títere tomara un vaso de agua). La llevaba consigo a todos lados, hasta las ocasiones raras en que atendía a misa y ni él sabía por qué. Nunca, ni una sola vez, tuvo la saludable desgracia de olvidarla en casa. Intentaba olvidar que la traía, de vez en cuando, si se sentía valiente; entre conversaciones con desconocidos y cafés espontáneos en tardes esporádicas. En mayo, de preferencia. No, sin embargo, tuvo resultados verdaderamente satisfactorios. No en un sólo intento; no nunca.

Aquí la traigo le dijo al El ojo pero bien guardada. Seguramente en el cajón de allá. Esperaba consumirla antes de que llegaras, pero se me perdió hace unos años en un viaje que tuve a Madrid. Cerró los párpados. Quiso sonar desamparado, pero la honestidad, la que es honestidad en serio, rara vez nos da lujos para la dramatización. Ni siquiera en éste caso. Lo cierto es que no estaba, por más que la trajera siempre, y la añoranza de las cosas perdidas convergía con el hecho irrevocable de que la extrañaba. El hecho es que María no estaba. No más. Un aire hondo y frío le llenó el pecho, y entonces suspiró. Fui un imbécil.

Su mirada, la mirada de María, era reproche; aún en recuerdo. Como memoria, como memoria presente imperturbable, sus pupilas tatuaban reproche en su conciencia. No consciente, no. Más como la mirada con la que se cargaba diario, ella, desde a-putas-saber-cuándo, pero que de un momento a otro no dejó de ver (no ni después de ella). Era olvido; era no reconocerse siglo, que después del cariño el mar terminaría enfriándole: los huesos, los corazones, las pupilas. Y María era reproche ocular, transparpádico. María era cariño descocido, de viento fúnebre congelado.

Por supuesto que la traía diario, en la ausencia. Como cuando metía la mano en su bolsillo, y había pelusa, monedas y hueco irreconfortante. Como el lienzo que a María se le olvidó en la casa, con una burda capa de blanco, donde nunca se dio tiempo para pintarle algo; un paisaje, si quiera. Como espacio sin aire. Y El ojo no repararía en recordarse a sí mismo que faltaba. De último, pagaba el consumo de un buffet que no supo aprovechar. Calaba. El reproche de sus ojos era su falta, donde no podría mirarlos decirle que hizo mal, que no verlos era saber que ya no estaba. Ahora sólo estaban él; él y El ojo.

¿Y te arrepientes? El ojo inquiría terriblemente fijo. A él la boca le sabía cada vez más seca. La mirada de El ojo le penetraba la coronilla, y su juicio sabía pesado: a cargar con los años que evitó nombrar en conciencia, que procuró nunca sacar de la cajita de madera que había cerrado con una llave de agua letrada. Era preguntarse lo que siempre supo. Más calaba. Pretendía perderse de La casa. Retomó la pluma, e hizo tres círculos de aire. Entonces jaló una hoja, la que fuera, la oportuna. Se reclinó a escribir. La casa azul venía. Los párpados le pesaron más. María no estaba. El ojo seguía la introspección tardía, fría, sagaz. Recordó. Las memorias de las que venía huyendo lo alcanzaron por fin. Nostalgia. Su mano se volvió lenta, más lenta que nunca. Apretó los ojos cerrados. Aceptó lo cierto, lo innegable, lo verdadero. Cada día.



“El ojo me miró fijo. Fijo. El ojo me siguió fijo. El ojo me desnudó fijo la ropa, la carne, la fuente. El ojo me penetró. Fijo, fijo, el ojo me masturbó el labio inferior. Su mirada, de El ojo, me sacudió fijo. La dignidad me perfiló el muslo izquierdo, pues El ojo fijo me bebía la menstruación umbilical.
Yo, ambiguo; él, fijo.”



Agua floja, encharcada en el patio trasero de La casa azul. Una hoja flota, el viento le sopla a través del charco, y sigue siendo hoja. Un insecto muerto es diseccionado por el cuchillo temporal, y los colmillos le perforan el exoesqueleto con toda paciencia. La ortografía mojada del charco lo envolvió, y el cadáver fue inmortalizado en Lo efímero.

En La casa azul se abrió una puerta; lento.

Sonrisa diecisiete

Siento tu cumpleaños
como diecisiete besos
en la frente del fantasma
que me susurró hace veinte
que me amabas desde antes de haber nacido.

Siento tu cumpleaños
como aire que sopla fresco,
trasnochado, a deshoras,
para decirme que diecisiete
le gana por mucho a dieciocho millones de años.

-Siento sonrisa diecisiete-,
me decía un ciego en la esquina de mi casa.
-Siento beso diecisiete,
te dije hace veintitantos que sería,
sonrisa diecisiete,
cumpleaños diecisiete,
de la mujer que te amaría toda tu vida.-

-Siento perfume diecisiete-,
le dije al libanés noctámbulo lunar.
Conocí tu cara dieciséis,
pero siento sonrisa diecisiete,
¡Bendita sonrisa diecisiete!

Hoy me quedo en la sábana blanca,
en el cumpleaños diecisiete,
¿Cómo iba a llamarse el día, vida,
sino Sonrisa diecisiete?

-Conozco esa mirada-, me decía,
le temblaba el labio.
-Benditos diecisiete-, repetía,
-son como bailar descalzo en la playa,
de noche,
como besarte cuando el mar se calla.
Benditos en tu vida, poeta,
que la luna brilla diez más siete.

Búscame labios dieciocho,
déjame plantarte la sonrisa diecisiete.-

Poesía intrínseca

Aimeé Jacqueline Hernández Figueroa.

Eso es todo lo que hay por decir.

Micropoesía

2 de octubre

Hoy
fue un día soleado.



Poema XV

Tres
más doce.



Día cotidiano

Ayer mataron
a 1324 civiles
mientras me lavaba los dientes.

Me quedó sabor a menta.



Inseguridad en México

Anoche pasaron la película
del hombre lobo
americano
adolescente
en Paris
II;
mientras,
en mi barrio,
hubo una balacera.

Puta,
no hay balas de plata.



Héroes cotidianos

Juan era un hombre común,
hasta que un incidente
en la planta nuclear
lo convirtió en:
¡Ultraman!,
el hombre de intendencia.



Una vaca volando

...

La prevalencia de la conciencia



Estaba llorando sobre la trémula cama de mi palpitante corazón. Desahogaba mis penas por una mujer. Una de tantas que ya me habían partido antes el corazón. Y es curioso, de verdad, cómo por más que te lo parten, duele igual de intenso cada vez que pasa. Y lloraba, sí. Lloraba porque quería. Lloraba porque se me pegaba la gana hacerlo. Ella, aquella mujer, no me partió el corazón en realidad. Me lo partí yo al ver su partida. Ella fue buena con él. Lo cuidó mientras quiso, y lo quiso mientras lo cuidó. Y cuando ya no más, lo dejó suavemente sobre la almohada de mi cama; y salió. Irremediablemente, cuando lo encontré solo y desprotegido, me enojé. No con ella, y no tanto conmigo, pero me enojé. Y partí mi corazón. Y lo lloré, y lo lloré, y lo lloré otra vez más. Y lo seguía llorando, sólo porque sí. Porque, de alguna forma, es lo correcto cuando alguien se va: Llorar.

Estaba llorando, en fin, cuando se acabó el mundo. Simple y sencillamente se acabó. Todo se puso negro, de un momento a otro. No sé yo por qué, sólo se puso negro. O, más bien, todo se dejó de poner de alguna forma. Quizá, sospecho, todo se dejó de haber. Incluso yo dejé de haber. Ya no soy, ya no estoy. Ya no existo yo. Ya no existe nadie, ni nada, ni nada de nada. Pero aún así aquí estoy. No estoy muy seguro de qué es aquí, pero aquí estoy. O quizá no estoy, pero aún quedo. Y es posible que aún quede alguien más, pero no tengo yo ojos para ver, ni cuerpo para sentir. Podría decir que hace frío en esta negrura temible; pero en realidad no tengo piel para sentir frío, ni ojos para ver alguna negrura, que a pesar de todo se siente temible.

Al principio tuve miedo. Fue como una luz que se apagaba. Toda luz existida, de hecho, se apagó. Me tardé un momento en comprender qué pasaba. Asustado, creí que me había quedado ciego. Me asusté más todavía cuando noté que no podía palpar mis ojos. De hecho, no podía palpar nada. Sorprendido, fui notando que no tenía un cuerpo. No sentía nada. No sentía dolor, ni tampoco sentía frío. No sentía, no tenía cuerpo para sentir. Y quise llorar, pero no tenía ojos para llorar. No había lágrimas que brotaran para desahogarme. Y se sintió mal, terriblemente mal.

La nada cubrió todo. O, mejor dicho, la nada absorbió todo. Todo, eventualmente, se volvió nada. Y aquella nada de la que antes me gustaba hablar, ahora se presentó frente a mí. Me gustaba hablar de ella como un objeto imaginario. Como algo que no existe. La nada, para mí, era la negación de la existencia. Pero sólo se le puede llamar de alguna forma a un objeto, y la negación de este objeto, no podía llamársele de alguna forma, porque no había nada a que llamarle algo. A este vacío, entonces, le llamaba yo La nada. Y entre éste vacío me encontraba yo ahora. Me volvía parte de La nada. Y, al mismo tiempo, me excluía ella. Todavía prevalecía mi conciencia.

Es difícil explicar la simplicidad con la que todo desapareció. No hubo un sonido de alarma, ni se inmutó nadie, ni nada. Simplemente todo dejó de existir. Así, nada más. No sé si hay alguna explicación, o alguna razón, pero no importa nada de eso ya. Los motivos dejan de ser relevantes cuando se encuentra frente a La nada, de la cual ya no hay regreso. Y te vuelves consciente de que todo principio precisa de un final. Sin embargo, te encuentras, envuelto en La nada, frente a un infinito aterrador; y te preguntas si habrá realmente un final; y te preguntas si hubo realmente algún principio.

Hace cuánto tiempo ocurrió esto, no lo sé yo. El tiempo es irrelevante. No sucede nada, no hay nada contable con lo qué establecer un tiempo. Esta prolongación, bien, puede haberme reducido a un instante que se volvió infinito. Pertenezco a la infinidad del tiempo, ahora. Pues el tiempo no se detuvo, desapareció, careció de importancia. Y siempre dije que el tiempo existía en la medida que necesitábamos de él. Ahora que no es necesario, ha dejado de existir. Dejó de existir, o se volvió infinito e inmutable. Sí, es cierto, pertenezco a la infinidad del tiempo.

Durante un tiempo indefinido -porque no hay tiempo qué definir-, estuve triste. Y pensé en mis papás, en mis hermanos, y en toda la gente que alguna vez conocí. Me preocupé por ellos. Me preguntaba qué habría pasado con ellos. Me preguntaba si alguna vez los volvería a ver. Los extrañaba. Aunque al momento de dejar de existir quería estar solo, nunca antes había requerido tanto de la compañía. De un abrazo, de una sonrisa, o de cualquier gesto de aprecio. Y no sentirme tan solo. Pero lo estaba. Irremediablemente, estaba solo. Como nunca antes nadie había estado tan solo.

Decidí, con el tiempo, que la gente seguía existiendo. Decidí que, al igual que yo, todos los que conozco siguen existiendo. Y, a pesar de que somos incapaces de comunicarnos, todos los demás humanos siguen allá, en las mismas condiciones que yo. Decidí que no estaba solo. Decidí que todos estábamos solos, y que eso nos unía. Y si me equivoco realmente no importa, porque ante un vacío infinito como el que me encuentro, existiendo sólo mi conciencia, existe lo que yo decida que existe. Y, a fin de cuentas, nadie podrá nunca decirme lo contrario. Existe lo que yo digo que existe.

Esto, supongo, ha de ser la muerte. Así debe ser estar muerto. Porque, si todo ha dejado de existir, y mi cuerpo mismo ha dejado de existir, debo estar muerto. A pesar de que mi conciencia sigue existiendo, seguramente estoy muerto. Y, de alguna manera, esto no está tan mal. Al principio lo estuvo, sí, pero uno se acostumbra. Estoy un poco decepcionado, de cualquier forma. Esperaba encontrarme con Dios durante la muerte. Siempre creí en la vida durante la muerte, y a la muerte siempre la creí un sueño. Pensaba en los sueños como una prolongación de la conciencia, pero en un mundo alterable al gusto, donde todo puede pasar. Tan sólo que cuando despertábamos, lo olvidábamos por completo. Y para mí, la muerte era un sueño, y nacer era despertar. Sin embargo, este mundo no es alterable al gusto, porque no hay nada qué alterar. Y no veo que vaya a despertar algún día de esto. Pero, por lo menos, me hubiera gustado encontrarme con Dios. Supongo, entonces, que si me encuentro con Dios, será dentro de mí, a lo largo de esta infinidad.

Ahora mismo, sólo existo yo. Sólo existe mi conciencia, que soy yo. Y no puedo hacer nada más que pensar. Pienso y pienso, y sigo pensando. Y reflexiono sobre las tonterías que me preocupaban mientras todo existía. Y también sobre las cosas profundas de la existencia y el ser. Pienso en todo, pienso sobre todo. Pienso y pienso, porque no hay otra cosa que hacer aquí. Ya no hay nada qué hacer. Tampoco lamentarme, porque esta situación lleva así mucho tiempo ya. No cambiará. Sólo puedo seguir pensando, y mi conocimiento se va incrementando conforme pienso. Supongo que el ser humano sí está destinado a saberlo todo, y por eso disponemos de una infinidad en La nada, durante la muerte, para averiguarlo. ¿Qué pasará después? Quizá dejemos de existir. Quizá decidamos que nosotros mismos tampoco existimos, y dejaremos de existir. Y entonces terminará la prevalencia de la conciencia.

Prólogo

Sístole y diástole;
exhala.
Beso bohemio
en labio francés.
Pestañeo,
sobriedad adúltera,
alucinación.
Repetición subsecuente.

La reliquia de la vida
es la poesía
de un beso empedernido.
El amor de tinta
ahora es de pixeles.
Haz el amor con tu arte,
y el arte con tu amor.

Furor,
fulgor,
finura.
L'amour c'est tout.
(Tout c'est toi!)

Oblícuo contenedor,
ambíguo,
tentativo.
¡Vértigo en la espina dorsal!

Y sístole y diástole.