La última noche

La noche estaba estrellada; centellaban refulgentes los astros en el firmamento. Ella estaba ahí, a mi lado. Aún sigue aquí. Aquella noche, era ella quien yacía entre mis brazos, y sentía su paz mientras reposaba con su cuerpo entre el mío, y su alma entre la mía. Después de tantas noches en vela, o lejos de su tacto y de su piel, por fin hoy podíamos descansar bajo la luz de la luna.

Su piel, su cabello y la divina expresión de relajamiento en su cara, me hacían sentir tan bien. Sencillamente, no hay nada más que pudiera pedir. Hacía ya tanto que no olía su aroma tan atractivo, tan perfecto, que siento como mis pulmones se llenan de nuevo de ella. Y la inhalo, la respiro, y vivo de ella. Concebía en mi pecho una paz que me inundaba; y que, por supuesto, emanaba de ella, quien reposaba su espalda en mi pecho, su cabello perfectamente lacio bajo mi barbilla, y mis manos entre su vientre.

-¿Ahora qué sigue?- Me preguntó, y esbozó una sonrisa al acabar la frase. ¡Ah, ésa sonrisa suya! No puedo evitarlo, siempre me pierdo en su sonrisa tan encantadora, tan angelical, o simplemente tan suya. Es cierto, amo ésa sonrisa. Es extraño, sin embargo, que pueda verla. En el pasado me privaba de ella, escondiéndola cada que salía a relucir. Debió de haberse acordado, o debí yo de haber sonreído de más… O quizás fue mi mirada delatora quien lo denotó; pero se ruborizó y escondió su cara mirando para otro lado, de nuevo. Lo hizo por la misma razón que no acostumbra mirarme a los ojos, cuando yo adoro mirar a los suyos: Pena. Y es ésa pena que tanto me encanta. Es simplemente tan linda cuando se sonroja, y se esconde para que no la vea.

-No lo sé- Le respondí. Le respondí de la forma más sincera que fui capaz.- Y honestamente, no me importa. No me importa ya nada que no sea el estar contigo. Me he vuelto dependiente de ti, amor. El hecho de sentir tu calor en mi piel, y tu presencia, me hacen un bien infinito. Mayor aún que cualquier medicina conocida en tu mundo o en el mío.

Ella fijó entonces su vista en un punto directamente proporcional al opuesto de mi cara, prueba contundente de que se había vuelto a sonrojar. Mi reacción fue abrazarla con más fuerza, ya sea por necesidad, o por simple impulso. Sentí sus manos abrazando mis brazos, y solo sonreí. Prosiguió un silencio lejos de ser incómodo. Era más bien uno de aquellos silencios que parecieran decirlo todo, y confesar lo oculto, y hacerlo de sobra. Opté por observar el campo sobre el que estábamos sentados. Era un campo tapizado de rosas negras, decorado con un árbol seco, e iluminado bajo la tenue luz de la luna, difuminada por las nubes delgadas del cielo. Frente a nosotros, a no muy lejos, reposaba un lago, inmutable. Aquel lago adquiría un tono oscuro, debido al ambiente, pues más que cristalino, el mundo se reflejaba en él. Más adelante, fijé la vista en una rosa negra. La rosa ardía en llamas del mismo tono, y tras pasar unos momentos, se apagó.

Al ver terminado ése acto, me propuse a hablar, sólo para volver a oír su voz.

-El silencio es rutina.

-Sí, rutina de mucho.

-Si en un suspiro, nuestras vidas fueran borradas, y lo efímera de nuestra existencia se redujera a un instante de silencio... Ése silencio valdría la pena a tu lado.

A esto agachó su cabeza. – ¡Ve como eres!-

-¿Cómo soy?- Le dije entre risas.

-Así como eres, diciéndome palabras tan hermosas… Quedo enamorada, me haces sentir tan querida.- Por fin me confiesa.

-Te confundes, cariño. Toma mis palabras como un espejo opaco. Todo lo que te digo, es lo que eres tú, excepto que las palabras no conocen descripción a semejante belleza, y la belleza de las palabras, a penas se le compara a lo hermosa que eres realmente.

-Te siento cansado.- Me dijo, cambiando de tema.- Mejor duérmete, y olvídate de mí por un momento.

-No tendría caso alguno.- Le contesté con la verdad.- Aunque nos separen mil mares o el tiempo entre nosotros sea infinito, yo siempre estaré contigo. Mi mente te acompaña a donde sea que vayas. Ya estas tatuada en los rincones de mi mente, y jamás te borrarás de mis pensamientos. Y aún cuando duermo, ansío el despertar. Porque, aunque sólo duermo para soñarte, contigo la realidad es más dulce que los sueños. Todo es perfecto contigo a mi lado. ¡Te amo!

En ése instante me volteó a ver, y me miró directamente a los ojos. Me perdí instantáneamente en aquellos ojos fijos, tan atrayentes. Y no les quité la vista de en cima mientras ella me decía susurrando, casi en un suspiro. –Yo también te amo.- Y acercó su rostro al mío. En ése instante dejé de pensar, dejé de hacer cualquier cosa que pudiera hacer mi mente en ése momento, y actué bajo mis impulsos más sinceros. Y la besé en sus labios provocativos. Cualquier definición de “beso” se perdió, y dejó de ser el tacto entre dos labios. Se transformó en el concepto, en lo que realmente es: La declamación de amor, en un acto. Concebí entonces la epifanía de que para besar no hacen falta los labios, hace falta el deseo, la pasión, el amor en su estado más puro. Entendí que se puede besar con la mirada o con el roce de la piel en una caricia. Toda acción que careciera de eso, no puede ser llamada beso.

-Un beso tuyo es la esencia del mundo, resumido en un instante de silencio.- Le exclamé como única acción que pude realizar.- Tus labios dulces jamás perderán la miel, y tu calidez se apagará después del Sol. Un beso tuyo es la síntesis más corta, y a la vez más grande, que puede existir del sentimiento. Y al final, la última gota de vida, será el elixir de tus labios en los míos. Y un beso tuyo será la consumación de la vida misma, cuando sobren las palabras.- Le dije, aún sintiendo su beso en mí. Y ella sonrió. ¡Qué gran don suyo! Las palabras le sobran. Con ésa sonrisa me dijo todo lo que quería decirme. Con ésa sonrisa que tanto amo, me profesó todo lo que tenía por decir… Sólo con una sonrisa. -Te amo. ¿Sabes lo frustrante que es que las palabras no le hagan justicia a lo que siento por ti? Y tras tantos intentos, sigue siendo poco. ¡Me encantas, me fascinas y te amo!

Permanecimos en silencio un instante indefinido, que bien pudieron ser horas, o solo segundos. El tiempo había desaparecido ya para nosotros. Permanecimos mirándonos el uno al otro durante el momento de silencio, el cual sólo fue roto cuando le susurré. -Quizá el silencio y tu tacto puedan llevarnos a un lugar más allá de las nubes, más allá del Sol, un lugar donde mil "te amo" sean suficientes para expresarte lo que las palabras no conocen expresión. Expresarte lo que siento por ti. Pero mientras tanto... Te amo. Te amo. ¡Te amo!

-Ya basta, grosero- Me dijo entre risas nerviosas, agachando su cabeza y pegando su frente con mi pecho. Risas como coros celestiales, tan suyos.

-¿Grosero yo?- Le pregunté, siguiéndole el juego.- ¿Por qué?

-Por todo lo que me dices, y por que yo digo.- Me dijo, riéndose aún más, tan dulce.

-Si decirte que te amo es ser grosero, entonces si. ¡Soy un grosero de los peores!

-¡Y cínico, aparte! Todavía lo aceptas…-

-Negarte mi amor hacia ti, es como negarle a la vida, la vida misma; como negarle al amor mismo que existe.- Le expliqué suavemente. Me puse de pie, entonces, y le tendí la mano para ayudarla a levantarse. Lo hice con la fuerza necesaria para que su cuerpo colisionara con el mío al levantarse, y no se escapara de mis brazos. Teniéndola entre mis brazos, me hizo una pregunta que, aún ahora, no entiendo de dónde salió. Sólo ella sabrá qué es lo que pasaba por su mente en ése momento.

-¿Qué soy para ti?- Fue lo que me preguntó.

-¿Eso a qué viene?

-Sólo respóndeme la pregunta

-¿Cómo compararte con algo para explicártelo mejor?- Le contesté, y reflexionando, proseguí.- Eres como mi sangre.

-¿Cómo que como tu sangre?- Me preguntó ahora confusa, mirándome a la cara.

-Sí, eres como mi sangre; porque muy en mi interior eres indispensable para pensar, respirar y hacer latir mi corazón.- Le expliqué.- O como mi aire, quizás.

-¿Y tu aire por qué?- Me preguntó, pero ahora escondía su cara en mi pecho. Abochornada, seguramente.

-Mi aire, porque te respiro. Entras en mí, y te inhalo. Me lleno de ti en mis pulmones, y me vigorizo cuando te tengo cerca, dentro. Y puedo vivir de ti, eres todo lo que necesito para vivir.

Ya no dijo nada más, enmudeció. Acaricié su cabello tan lacio que colgaba hasta sus hombros. Adoro su cabello, es de un color… indefinido. Es un castaño oscuro, en partes más claro, y en partes más oscuro. Es multicolor. Prefiero definirlo como su color; uno muy suyo. Mis dedos jugaban entre sus cabellos, o bajaban a sus orejas, sus mejillas, su frente, y de nuevo a su cabello. Todo lentamente, disfrutando cada parte de su rostro, grabándola en mis dedos. Acariciando detalladamente cada rincón de sus mejillas, amándola.

Después de un tiempo, comencé a caminar por el campo de rosas negras, sin soltarla de la mano. No quería soltarla en ningún momento, ni sentía que pudiera. Era como si fuésemos uno, ya. Y siendo una misma unidad, no podemos, ni debemos, dividirnos. Nos llevé a orillas del lago que tanto parecía un espejo.

-¿Cuándo volverás a tu mundo?- Me preguntó en algún momento.

-No se ni cómo, ni cuándo volveré- Le dije, pensativo.- Ni siquiera sé aún cómo es que llegué aquí, a tu mundo. Una mañana simplemente abrí los ojos, y era parte de éste lugar. Posiblemente ocurra en un sueño, con la guardia baja, y cuando despierte, ya esté en mi mundo, sin saber por qué.

-Quiero que te quedes aquí para siempre- Me dijo mientras me abrazaba fuertemente. Empujándome cerca de ella.

-¡Y yo quiero quedarme por siempre! Sólo espero que así sea.

-Quédate conmigo para toda la eternidad. No quiero que nunca me olvides.

-¿Olvidarte? ¿Cómo es posible que temas que yo algún día pueda olvidarte, tras todo lo que ya te he dicho? Olvidarte es olvidar respirar. Olvidarte es olvidar pensar. Olvidarte es olvidar cómo latir mi corazón. Estarás muy presente hasta el día de mi muerte, después de la tuya. Viviré lo suficiente para que no sufras mi pérdida. Olvidarte es olvidarme de mi propia alma.

»Olvidarte es morir.

Siguió abrazándome fuertemente, aferrándose a mí. Y yo hice lo mismo que ella. No me soltó, ni se alejó un centímetro. Preocupada, me comentó.-No me gusta tu mundo. No quiero que vuelvas a él. Sigo sin comprenderlo… ¿Por qué es así?

Me tomó un tiempo pensarlo, pero finalmente terminé por expresarle.- Verás, al principio el mundo era como éste lago; la realidad era como éste lago: Clara, bella, natural, y perfecta- Me incliné hacia el lago impasible, sin soltar su mano. Ella también se inclinó.- El hombre vivía en armonía con el mundo, con su realidad. Admitía ser lo que es, un animal más. No tan diferente a un perro, un pez, o una mariposa. Sin embargo, comenzó a razonar. Comenzó a intervenir y alterar la realidad. El hombre metió su mano donde sólo obra Dios.- Acerqué mi dedo y lo metí en el lago, y lo saqué. Y en el lago se formaron hondas.- Y ocurrió lo que al lago: Se distorsionó el mundo, y la realidad; se mal formó. Progresivamente, comenzando por donde el hombre primero alteró, la distorsión se expandió por todo el mundo. Y rápidamente, el mundo ya no era lo que solía ser. Y claro, pasado el tiempo, el mundo podría retomar su estado original. Calmándose, volvería a ser lo que antes. Las hondas cesarían, y se retomaría la perfección original. Sin embargo, el hombre no paró. Y constantemente, todo el tiempo, sigue metiendo el dedo en el lago. Desde distintas partes, al mismo tiempo. Sin dejarlo descansar. Y de ésa forma, el mundo no puede restaurarse.

Terminé y le di tiempo para que digiriera la información. Nos acostamos juntos a orillas del lago, que para el tiempo en que ella volvió a hablar, ya había vuelto a ser inmutable, perfecto.

-Quiero que estés conmigo. No quiero que estés lejos, nunca. Lejos no.

-La lejanía entre nosotros jamás existirá.- Le dije.- Jamás podrá existir, puesto que la lejanía de dos personas no nace del espacio entre ellas, sino la distancia entre sus vidas. Mientras nuestras vidas sean una, estaremos juntos todo el tiempo. A la lejanía no le temas nunca, cariño. Además, yo siempre estaré contigo, a pesar de los kilómetros. Estaré en forma de viento, porque eso soy. Soy el viento. Aquel que recorre tu piel de un suspiro, se pierde entre tus cabellos y se ahoga en tus pulmones.
Ni la distancia más grande me separará nunca de ti. Estoy siempre a tu lado, te protejo. Y cada que sopla el viento, soy yo que te tengo entre mis brazos. Y cada que sopla el viento, son mis palabras de amor susurradas en tus oídos. Y cuando necesito de ti, me meto por tu nariz, me ahogo en tus pulmones y me escapo entre tus suspiros.
No temas más, yo siempre estoy contigo.- Al decirle eso, se calmó. Besé su cabello, su cabeza. Me miró fijamente a los ojos, sonriente, y sentí como me dio un vuelco el corazón. Ésa mujer es el Cielo, para mí. La tengo conmigo, y la Tierra queda lejos. Y tiene ése don de hablar con miradas y sonrisas. Y lo que me dice supera con creces cualquier cosa que yo le he dicho, o que soy capaz de expresar, puesto que ella no habla con un lenguaje. Lo que las palabras no conocen descripción, el silencio, las miradas y las sonrisas sí. Comencé a recorrer mi dedo índice desde el principio de su frente hasta la punta de su nariz, repetidas veces. Ella cerró los ojos y yo continué. Verla reposar tan dulce, tan delicada, tan hermosa, es un gozo inmenso que aturde mi alma.

¡Cuánto amo a ésa mujer!

Eventualmente, mis párpados también cubrieron mis ojos, y caí presa de un sueño profundo en el que ella era la protagonista, los actores secundarios, la escenografía y la historia misma.

Al despertar, la mañana siguiente, me encuentro en éste lugar. De vuelta en mi mundo, sin saber cómo. Es desde hace ya más de un mes que me encuentro aquí, y poco sé de ella. Muy poco es lo que sé de ella. Y henos aquí, jugando a estar juntos, por más separados que estemos. Porque es cierto, estamos juntos. De otra forma, ¿Cómo es que la siento a mi lado, la huelo o la miro a los ojos en éste mismo momento? Es tan presente e indispensable como mi aire o mi alma; y la amo infinito. Los segundos que caen cuales gotas en una tormenta, me empapan. Me sumergen en sentimientos de añoranza, por su ausencia entre mis brazos. ¡Es a ella a quien amo! Porque es cierto, siempre he necesitado de ella. Ella, quien de gozo me alza con su sonrisa. Ella, en quién respiro la dicha del cenit de mi amor por ella. Es de ella de quien necesito. Aún estando ella lejos, en algún lugar equidistante, indefinido, yo la siento cerca de mí. Y ya habiendo pasado el tiempo, y ya ella habiendo conocido a más hombres, desconozco cómo se siente ella, mas yo aún la siento a mi lado.

Aún estando fuera de su mundo, la amo.

3 comentarios:

Alquimista Megabyte 3 de octubre de 2008, 13:38  

que perron esta eso T_T , de donde lo sacaste???

ATTE .
Alquimista Megabyte

Pako 3 de octubre de 2008, 18:51  

La escribí yo, mi estimado Alquimista.

Alex 18 de enero de 2009, 16:19  

Pako...esto que has escrito es infinitamente hermoso...
Me dejas sorprendida querido Pako...
me llenas de curiosidad, y además, de alguna forma me identifico contigo.
No con lo que has vivido, pues para mí, lo que tú ya tuviste, para mí es sólo un sueño.
Pero es por éso mismo por lo que puedo comprender tus sentimientos...tus descripciones...tu mundo.
Tu mundo es mi mundo.
Pero tú has estado en él, has bebido de las cristalinas aguas, y probado el néctar de las flores...conocer su sabor es algo que yo envidio.
Deseo con fuerza el día en que yo pueda entrar a ése mundo, tomada de la mano de mi amado, cuyo nombre y rostro aún desconozco.
Seré paciente y esperaré por ese hombre que pueda unir su alma con la mía.

Prólogo

Sístole y diástole;
exhala.
Beso bohemio
en labio francés.
Pestañeo,
sobriedad adúltera,
alucinación.
Repetición subsecuente.

La reliquia de la vida
es la poesía
de un beso empedernido.
El amor de tinta
ahora es de pixeles.
Haz el amor con tu arte,
y el arte con tu amor.

Furor,
fulgor,
finura.
L'amour c'est tout.
(Tout c'est toi!)

Oblícuo contenedor,
ambíguo,
tentativo.
¡Vértigo en la espina dorsal!

Y sístole y diástole.